En un cuarto oscuro
y frente a la ventana. La proximidad, la espesa cortina, el vidrio detrás, el
postigo al final. Le debería esperar la luz.
Había sentido calor
toda esa noche. La humedad tropical la había bañado. Atravesó la cortina, corrió la hoja de la ventana, movió los postigos. Espero la
luz, y la luz entro. La brisa, el olor a
mar se liberaron en sus sentidos.
Quieta miro la isla
desde su ventana y faltaba la montaña. Había desaparecido.
Como si aquella
misma montaña se le hubiese caído encima, sintió un golpe enorme, intestinal. Luego, en silencio, aterrada, se dio cuenta que la
montaña estaba en sus entrañas, y crecía y la destruía
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