martes, 14 de enero de 2014

La montaña y la mujer.


En un cuarto oscuro y frente a la ventana. La proximidad, la espesa cortina, el vidrio detrás, el postigo al final. Le debería esperar la luz.

Había sentido calor toda esa noche. La humedad tropical la había bañado.  Atravesó la cortina, corrió la hoja de  la ventana, movió los postigos. Espero la luz, y la luz entro.  La brisa, el olor a mar se liberaron en sus sentidos.

Quieta miro la isla desde su ventana y faltaba la montaña. Había desaparecido.

Como si aquella misma montaña se le hubiese caído encima, sintió un golpe enorme, intestinal. Luego, en silencio, aterrada, se dio cuenta que la montaña estaba en sus entrañas, y crecía y la destruía




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